Los panes viajeros
Los inicios del siglo XX son los del coche. Todavía se trataba de un objeto de lujo pero ya circulaban muchos por la ciudad de Madrid. Entre ellos, los de Viena Capellanes, que transitaban por el centro de la capital para repartir la producción de las seis hornadas de pan que se hacían diariamente.
Se cargaban los coches con el pan de Viena, el candeal y el francés y se llevaban a todos los despachos de la Casa para que la gente pudiera consumir pan recién hecho prácticamente a cualquier hora del día.
Junto al transporte terrestre, en unos momentos en que todavía el avión era poco más que una anécdota, reinaba el transporte marítimo. Había un importante trasiego de vapores y correos que surcaban los mares entre América y Europa y entre ésta y África. Por unas 80 pesetas se podía cruzar el charco rumbo a Argentina o Brasil pero a partir de 1910 las cosas cambiaron. Las cañoneras mexicanas bombardeaban las costas de Tampico cuando estalló la Revolución Mexicana y la Guerra Mundial y la crisis generalizada hicieron que menguaran estos viajes.
Quizás por ello, Viena Capellanes optó en 1915 por fabricar su propio pan para diabéticos y personas enfermas. Antes de esas fechas, el pan de gluten se consumía varios días después de su fabricación porque venía en barco desde el extranjero. Pero la reducción del tráfico marítimo animó a la Casa a introducir el producto en sus obradores. Tan orgullosos estaban de sus amasadoras eléctricas y de sus técnicas de fabricación, que permitían el acceso a ellos a los clientes para que pudieran comprobar con sus propios ojos las inmejorables condiciones higiénicas con que trabajaban. Supongo que hoy en día les pondrían muchas pegas los de Sanidad pero para la época eran recomendados por el laboratorio municipal que, por cierto, también recomendaba especialmente el pan de gluten de Viena Capellanes por su excelente calidad.
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