Patentes

Hay gente inquieta, qué duda cabe. Un buen ejemplo de ello es Ricardo Baroja.

Para los que conocemos algo de la historia de Viena Capellanes no es una novedad que tanto él como su hermano Pio estuvieran al frente de la empresa durante varios años. También sabemos que en aquella época, los dos sufrieron mucho para sacarla adelante. Eran años difíciles para la panadería puesto que cualquier crisis afectaba a los bienes de subsistencia, y la gente se amotinaba en las calles ante la subida del precio o la carestía. También protestaban los trabajadores del pan que desde los sindicatos se hacían fuertes para presionar a los patronos mientras éstos se las veían y deseaban para seguir adelante.

Para ambos hermanos que carecían de espíritu empresarial se redoblaban las dificultades, pues ambos estaban más pendientes de sus inclinaciones artísticas que del buen funcionamiento de Viena Capellanes.

Aún a pesar de eso tenían que vivir de algo y siempre estaban ideando cosas para mantener la empresa o para encontrar la manera de dejarla y poder dedicarse a otras cuestiones. Sobre todo Ricardo, que realmente era, como decíamos un hombre inquieto.

El había nacido en Río Tinto (donde hay una calle que lleva su nombre) porque su padre era ingeniero de minas. Probablemente fue de él de quien heredó el interés por la ingeniería y cuando tuvo edad suficiente ingresó en la Politécnica de Ingenierías de Madrid. No terminó la carrera. Una enfermedad cambió el rumbo de su vida puesto que lo obligó a replanteársela, a abandonar la ingeniería y a reconducir su vida laboral hacia las bibliotecas, los archivos, y el arte. Sin embargo, nunca dejó de interesarse por la mecánica, como lo demuestra la cantidad de patentes que hay a su nombre durante las dos primeras décadas del siglo XX. En 1901 solicitó la patente de invención de la aplicación de llantas de metal a las ruedas neumáticas de los vehículos; la de un estabilizador automático de aeroplano en 1911; la de un sistema de hélices tractoras colocadas a proa en las embarcaciones de motor, en 1925 y la de un sistema de timón colocado a proa para las embarcaciones de motor.

Poco antes, en 1920 De la Cierva había patentado el autogiro, que llegó a imitarse en la fabricación del famoso  vehículo de reparto de Viena Capellanes. Seguro que Ricardo tuvo algo que ver en la aplicación del sistema de autogiro a los coches de reparto que comenzaron a circular por Madrid en 1935.