Verano del 27

Cuando hace calor en verano, sólo apetece salir por la noche, cuando hace fresco.

Un estímulo añadido es ir a ver una buena película. ¿Qué os parece si esta tarde nos decidimos por ir a ver la muy castiza “El dos de Mayo”. Pero no la última de Garci, que recrea una historia de amor narrada por Benito Pérez Galdós, sino la de José Buchs, estrenada en 1927.

Esta de Buchs era también de amores. En este caso se cruzaban las vidas de tres personajes; una modistilla, un discípulo de Goya y una aristócrata francesa. Al estreno de esa noche acudieron, además, los reyes de España. La película se proyectó en el cine Príncipe Alfonso, uno de los pioneros del cinematógrafo en Madrid que debió de construirse entre el año 1905 (cuando se fundó el Cine Imperial) y 1912, año de la inauguración del Doré. Por tanto, contemporáneo a la fundación del vecino Viena Capellanes de la Calle Génova en el número 25 (antes 21), en 1911.

En aquella época de los primeros cines la expectación ante un estreno era mucho mayor que ahora por mucho que la publicidad moderna quiera hacernos creer lo contrario. De hecho, ir al cine era una de las diversiones que más público atraía en los años 20 como evidencia la cantidad de butacas que tenían aquellas primeras salas y que rondaban las 500-1200 localidades.

El plan perfecto para acudir al cine era hacer una parada previa en Viena Capellanes y pertrecharse de dulces o bocadillos, según el gusto del consumidor. Después de eso, y con tan suculenta cena delicadamente empaquetada, entrar al cine para consumirla disfrutando de la peli.

Después de la proyección, un ligero paseo hacia el principio de la calle mientras se debatía sobre si el muchacho debía haberse quedado con la aristócrata o con la modistilla y, finalmente, un nuevo alto en el camino antes de regresar a casa. Qué mejor sitio para sentarse al fresco que la terraza del Viena Capellanes de Génova 2. Si la tienda del número 25 se inauguró en 1911, ésta lo hizo un poco después, en 1918 y se pensó en ella como un lugar especializado en productos alemanes entre los que no podía faltar la cerveza.

Así, un estupendo final de velada: una cerveza bien fría para disfrutar de la noche madrileña y de una buena charla.  Nos siguen apeteciendo las mismas cosas que en 1927 ¿a que sí?